No basta con amar a Dios. La Biblia nos dice: tiene que ser con todo el corazón, el alma, las fuerzas. Como Dios es infinito y la fuente de todo amor, solo quien le ama así le ama de verdad.
¿Es esto posible? Algunos de ustedes tal vez piensen que nuestro amor es bien poca cosa para un Dios tan grande. Querríamos encender una hoguera que alumbrara todo el mundo, pero solo conseguimos juntar cuatro troncos y hacer un fuego que tiembla en el viento de Otoño.
De esto trata la segunda lectura de hoy, que se refiere a los sacrificios del Antiguo Testamento. Sacrificio significa hacer algo sagrado, presentarlo a Dios. Por eso el verdadero sacrificio es hacerlo todo por amor a Dios. El sacerdote del Antiguo Testamento recordaba a los fieles la presencia del Señor en su vida y les permitía ponerle en el centro de todos los amores. Pero debido a la debilidad humana los sacerdotes tenían que repetir continuamente su intercesión, de año en año; su amor a Dios era débil y solo podía durar si se renovaba continuamente.
Podemos así aprender un camino para aumentar nuestro amor. Si no podemos hacer una hoguera gigante, al menos encendamos una llama perpetua, como la que hay en la tumba del presidente Kennedy. Será pequeña en tamaño, pero infinita en el tiempo, porque abrazará toda nuestra vida. A Dios no se le puede amar solo por media hora o durante nuestros ratos de entusiasmo: el verdadero amor a Dios es el amor fiel, que hace propósito de continuar para siempre a su lado. Con todas tus fuerzas, también con todo tu tiempo, levantándote cuando caigas. Como la catedral de Liverpool, que se levantó penique a penique, con las pequeñas aportaciones de los feligreses humildes, levantaremos un gran templo para el Señor.
Hemos dicho que con eso nuestro amor se hace infinito, porque dura siempre. ¿Pero no es verdad que nosotros también pasamos? El Antiguo Testamento nos recuerda una forma de conseguir que nuestro amor siga propagándose e iluminando el mundo: “Enseña estas palabras a tus hijos y a los hijos de tus hijos”. La educación, vivir en familia el amor a Dios, grabarlo con nuestras palabras y ejemplo en el corazón de nuestros hijos, es una forma de amar a Dios con todo el corazón y el alma. La llama de nuestro amor puede ser pequeña, puede que el viento la haga temblar y tengamos que avivarla. Pero si hemos conseguido pasarla a nuestros hijos, seguirá encendida brillando para Dios.
Pero nos queda aún lo más importante: la buena noticia de Jesús. La segunda lectura dice: Él tiene el sacerdocio que no pasa y vive para siempre para interceder a favor nuestro. Los otros sacerdotes lograban sacrificios pequeños: su amor era débil; su fuego, poco estable. A Jesús le basta un único sacrificio, el de la Cruz, el de cada misa, para dar fuerza total a nuestro amor. Imaginen ustedes que hubiera un espejo gigante que abrazase el cielo entero y que pudiéramos poner ese espejo encima de nuestra pequeña hoguera. Nuestro fuego, por débil que fuera, se vería en todos los lugares del mundo. Así pasa con quien se acerca a la Eucaristía y deja que Cristo transforme la pequeñez de su amor.
Fr. José Granados

