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Intervención en la audiencia general de este miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 20 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención del Papa Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles dedicada a hacer un balance de su viaje apostólico a Baviera (Alemania), que realizó del 9 al 14 de septiembre.
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Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera volver a recordar los diferentes momentos del viaje pastoral que el Señor me permitió realizar la semana pasada a Baviera. Al compartir con vosotros las emociones y los sentimientos experimentados al volver a ver esos lugares tan queridos, ante todo siento la necesidad de dar las gracias a Dios por haber hecho posible esta segunda visita a Alemania y, por primera vez, a Baviera, mi tierra de origen.
Doy sinceramente gracias también a todos los que han trabajado con entrega y paciencia --pastores, sacerdotes, agentes pastorales, autoridades públicas, organizadores, fuerzas de seguridad y voluntarios-- para que cada uno de los acontecimientos se desarrollara de la mejor manera posible. Como dije a la llegada al aeropuerto de Munich, el sábado 9 de septiembre, el objetivo de mi viaje consistía, recordando a todos los que han contribuido a formar mi personalidad, en reafirmar y confirmar, como sucesor del apóstol Pedro, los lazos cercanos que unen a la Sede de Roma con la Iglesia en Alemania. Por tanto, el viaje no fue un simple «regreso» al pasado, sino también una oportunidad providencial para mirar con esperanza al futuro. «Quien cree nunca está sólo»: el lema de la visita quería ser una invitación a reflexionar sobre la pertenencia de todo bautizado a la única Iglesia de Cristo, dentro de la cual uno nunca está solo, sino en constante comunión con Dios y con todos los hermanos.
La primera etapa fue la ciudad de Munich, conocida como «la metrópolis con corazón» («Weltstadt mit Herz»). En su centro histórico se encuentra la «Marienplatz», la plaza de María, en la que surge la «Mariensäule», la Columna de la Virgen, en cuya cumbre está la estatua de María, en bronce dorado. Quise comenzar mi estancia con el homenaje a la patrona de Baviera, pues para mí tiene un valor sumamente significativo: en esa plaza y ante esa imagen mariana, hace unos treinta años fui acogido como arzobispo y comencé mi misión episcopal con una oración a María; allí regresé al final de mi mandato, antes de salir para Roma. Esta vez quise ponerme una vez más a los pies de la «Mariensäule» para implorar la intercesión y la bendición de la Madre de Dios, no sólo para la ciudad de Munich y para Baviera, sino para toda la Iglesia y para el mundo entero.
Al día siguiente, domingo, celebré la Eucaristía en la explanada de la «Neue Messe» (Nueva Feria) de Munich, entre los fieles reunidos en gran número de diferentes partes: dejándome guiar por el pasaje evangélico del día, recordé a todos que especialmente hoy día se padece una «sordera» ante Dios. Nosotros, los cristianos, tenemos la tarea de proclamar y testimoniar a todos, en un mundo secularizado, el mensaje de esperanza que nos ofrece la fe: en Jesús crucificado, Dios, Padre misericordioso, nos llama a ser sus hijos y a superar toda forma de odio y de violencia para contribuir con el definitivo triunfo del amor.
«Haznos fuertes en la fe»: fue el lema de la cita de de la tarde del domingo con los niños de primera comunión y con sus jóvenes familias, con los catequistas y con los demás agentes pastorales y personas que colaboran en la evangelización de la diócesis de Munich. Juntos celebramos las Vísperas en la histórica catedral, conocida como «Catedral de Nuestra Señora», donde se encuentran custodiadas las reliquias de san Benno, patrono de la ciudad, en la que fui ordenado obispo en 1977. A los pequeños y a los adultos les recordé que Dios no está lejos de nosotros, en algún lugar inalcanzable del universo; por el contrario, en Jesús, Él se acercó para establecer con cada uno una relación de amistad. Cada comunidad cristiana y en particular la parroquia, gracias al compromiso constante de cada uno de sus miembros, está llamada a convertirse en una gran familia, capaz de avanzar unida en el sendero de la verdadera vida.
La jornada del lunes, 11 de septiembre, estuvo dedicada en buena parte a la visita a Altötting, en la diócesis de Passau. Esta pequeña ciudad es conocida como el «corazón de Baviera» («Herz Bayerns»), y allí se custodia a la «Virgen negra», venerada en la «Gnadenkapelle» (Capilla de las Gracias), meta de numerosas peregrinaciones provenientes de Alemania y de las naciones de Europa central. En las cercanías se encuentra el convento capuchino de Santa Ana, donde vivió san Konrad Birndorfer, canonizado por mi venerado predecesor, el Papa Pío XI, en el año 1934. Con los numerosos fieles presentes en la santa misa, celebrada en la plaza contigua al santuario, reflexionamos juntos sobre el papel de María en la obra de la salvación para aprender de ella la bondad servicial, la humildad y la generosa aceptación de la voluntad divina. María nos conduce a Jesús: esta verdad se hizo todavía más visible, al final del divino Sacrificio, con la procesión en la que con la estatua de la Virgen nos dirigimos a la capilla de la Adoración eucarística («Anbetungskapelle»), inaugurada en esta ocasión. La jornada se clausuró con las solemnes Vísperas marianas en la Basílica de Santa Ana de Altötting, con la presencia de los religiosos de Baviera, junto a los miembros de la Obra para las Vocaciones.
Al día siguiente, martes, en Ratisbona, diócesis erigida por san Bonifacio en 739 y que tiene por patrono al obispo san Wolfgang, tuvieron lugar tres citas importantes. En la mañana, la santa misa en el Islinger Feld, en la que, retomando el tema de la visita pastoral, «Quien cree nunca está solo», reflexionamos sobre el contenido del Símbolo de la fe. Dios, que es Padre, quiere reunir a través de Cristo a toda la humanidad en una sola familia, la Iglesia. Por este motivo, quien cree nunca está solo; quien cree no tiene que tener miedo de acabar en un callejón sin salida.
Luego, en la tarde, estuve en la catedral de Ratisbona, conocida también por su coro de voces blancas, los «Domspatzen» (pajarillos de la catedral), que se enorgullece por sus mil años de actividad y que, durante treinta años, fue dirigido por mi hermano Georg. Allí tuvo lugar la celebración ecuménica de la Vísperas, en la que participaron numerosos representantes de diferentes iglesias y comunidades eclesiales en Baviera y los miembros de la comisión ecuménica de la Conferencia Episcopal Alemana. Fue una ocasión providencial para rezar juntos para que se apresure la plena unidad entre todos los discípulos de Cristo y para confirmar el deber de proclamar nuestra fe en Jesucristo sin atenuantes, sino de manera total y clara, y sobre todo nuestro comportamiento de amor sincero.
Para mí fue una experiencia particularmente bella en ese día pronunciar una conferencia ante un gran auditorio de profesores y de estudiantes en la Universidad de Ratisbona, en la que durante muchos años fui profesor. Con alegría pude encontrarme una vez más con el mundo universitario que, durante un largo período de mi vida, fue mi patria espiritual. Había elegido como tema la cuestión de la relación entre fe y razón. Para introducir al auditorio en el carácter dramático y actual del argumento, cité unas palabras de un diálogo cristiano-islámico del siglo XIV, en el que el interlocutor cristiano, el emperador bizantino Manuel II Paleólogo, de forma incomprensiblemente brusca para nosotros, presentaba al interlocutor islámico el problema de la relación entre religión y violencia. Por desgracia esta cita ha podido dar pie a un malentendido. Para el lector atento a mi texto queda claro que no quería en ningún momento hacer mías las palabras negativas pronunciadas por el emperador medieval en este diálogo y que su contenido polémico no expresa mi convicción personal. Mi intención era muy diferente: basándome en lo que Manuel II afirma después de forma muy positiva, con palabras muy hermosas, acerca de la racionalidad en la transmisión de la fe, quería explicar que la religión no va unida a la violencia, sino a la razón.
El tema de mi conferencia --respondiendo a la misión de la Universidad-- fue por lo tanto la relación entre fe y razón: quería invitar al diálogo de la fe cristiana con el mundo moderno y al diálogo de todas las culturas y religiones. Espero que en diferentes ocasiones de mi visita, como por ejemplo en Munich, donde subrayé la importancia de respetar lo que otros consideran sagrado, haya dejado claro mi respeto profundo por las grandes religiones y en particular por los musulmanes, que «adoran a un único Dios» y junto a los cuales estamos comprometidos en «la defensa y promoción de la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad» («Nostra Aetate», 3).
Por lo tanto, confío en que, tras las reacciones del primer momento, mis palabras en la Universidad de Ratisbona representen un impulso y un aliento a un diálogo positivo, incluso autocrítico, tanto entre las religiones, como entre la razón moderna y la fe de los cristianos
En la mañana del día siguiente, 13 de septiembre, en la «Alte Kapelle» («Antigua capilla») de Ratisbona, en la que se custodia la imagen milagrosa de María, pintada según la tradición local por el evangelista Lucas, presidí una breve liturgia con motivo de la bendición del nuevo órgano. Sirviéndome de la estructura de este instrumento musical, formado por muchos tubos de diferentes dimensiones, pero todos bien armonizados entre sí, recordé a los presentes la necesidad de que los diferentes ministerios, dones y carismas en la comunidad eclesial contribuyan todos, bajo la guía del Espíritu Santo, a la formación de una armonía única en la alabanza del Señor y en el amor por los hermanos.
La última etapa, el jueves 14 de septiembre, fue la ciudad de Freising. Me siento particularmente ligado a la misma, pues allí fui ordenado sacerdote precisamente en su catedral, dedicada a María Santísima y a san Corbiniano, el evangelizador de Baviera. Y precisamente en la catedral se celebró el último acto programado, el encuentro con los sacerdotes y diáconos permanentes. Al revivir las emociones de mi ordenación sacerdotal, recordé a los presentes el deber de colaborar con el Señor para suscitar nuevas vocaciones que se pongan al servicio de la «mies», que hoy también es «mucha», y les exhorté a cultivar la vida interior como prioridad pastoral para no perder el contacto con Cristo, fuente de alegría en el cansancio cotidiano del ministerio.
En la ceremonia de despedida, al dar las gracias una vez más a cuantos habían colaborado en la realización de la visita, confirmé nuevamente su finalidad principal: volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude a abrir el corazón y la mente a Quien es «el Camino, la Verdad, y la Vida» (Juan 14, 16). He rezado por esto y por esto os invito a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, a seguir rezando, y os doy gracias por el afecto con el que me acompañáis en mi ministerio pastoral cotidiano. Gracias a todos.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
Deseo compartir hoy algunos aspectos de mi reciente viaje a Baviera, mi país natal, para dar gracias a Dios por lo que en ella me ha concedido y para infundir esperanza en el porvenir, según el lema: "Quien cree nunca está solo". Después de Munich, donde fui Arzobispo, he implorado la bendición de la Virgen María en su Santuario de Altötting. En Regensburg he encontrado a los estudiantes y profesores de la universidad, reflexionando sobre la relación entre la fe y la razón. Lamentablemente, en este contexto se ha producido un malentendido, al explicar que la religión no va unida a la violencia, sino a la razón. Mi verdadero pensamiento se desprende claramente también de otros pasajes, como cuando en Munich, con gran respeto por las grandes religiones del mundo, también por los musulmanes - que "adoran a un único Dios" -, he subrayado la importancia de respetar lo sagrado y la importancia del diálogo interreligioso y la colaboración común en favor del bien común, la justicia social y los valores morales. Finalmente, he encontrado a los sacerdotes y diáconos en la catedral de Freising, donde también yo fui ordenado presbítero.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Carmelitas Misioneras que celebran su Capítulo General: que el Espíritu inspire en ellas el mejor modo de vivir su propio carisma. También a los grupos de las diócesis de Teruel-Albarracín y Huesca, acompañados de sus respectivos Obispos, así como a los Cadetes de la Armada Nacional de la Marina colombiana. Que la fe en el Dios de Jesucristo dé renovado vigor y esperanza a vuestras vidas.
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
September 20, 2006 at 11:41 PM | Permalink
MUNICH, jueves, 14 septiembre 2006 (ZENIT.org).-Discurso de Benedicto XVI en la ceremonia de despedida de Alemania celebrada en el aeropuerto de Munich.
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Señor ministro presidente,
ilustres miembros del gobierno,
señores cardenales y venerados hermanos en el episcopado,
ilustres señores, gentiles señoras:
Al dejar Baviera para regresar a Roma, deseo dirigiros a los que estáis aquí presentes, y a través de vosotros a todos los ciudadanos de mi Patria, una palabra de cordial saludo y al mismo tiempo de profundo agradecimiento. Llevo indeleblemente impresas en mi espíritu las emociones que me han suscitado el entusiasmo y la religiosidad de multitudes de fieles, fervorosamente recogidas para escuchar la Palabra de Dios y para rezar. Me he podido dar cuenta de cuántas personas en Baviera se esfuerzan también hoy por dar testimonio de su fe en el actual mundo secularizado. Gracias a la incansable entrega de los organizadores, todo se ha desarrollado con orden y tranquilidad. Mi primera palabra, en esta despedida, tiene que ser, por tanto, de acción de gracias.
Mi pensamiento se dirige en primer lugar a usted, señor ministro presidente, a quien doy las gracias por las cordiales palabras con las que ha interpretado los sentimientos comunes. Doy las gracias a las demás personalidades civiles y eclesiásticas que aquí se encuentran reunidas, en particular a quienes han contribuido al éxito de esta visita, en la que he podido encontrarme con muchas personas de esta tierra, a la que mi corazón sigue profundamente ligado. Han sido días intensos, en los que he podido revivir con el recuerdo muchos acontecimientos del pasado que han marcado mi existencia. Por doquier he recibido una acogida llena de atenciones, que me han impresionado íntimamente. Puedo imaginar las dificultades, las preocupaciones, el cansancio que la organización de mi estancia en la tierra bávara ha implicado: se han implicado muchas personas pertenecientes tanto a instituciones de la Iglesia como a instituciones públicas, ya sea de la Región o del Estado, y sobre todo también un gran número de voluntarios. A todos les expreso un «gracias» que nace de lo más profundo de mi corazón y que va acompañado con un especial recuerdo en la oración.
He venido a Alemania para volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios, quien se hizo hombre para la salvación del mundo. Estoy convencido de que en Él, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra.
Animada por esta conciencia, la Iglesia, bajo la guía del Espíritu, ha buscado siempre en la Palabra de Dios las respuestas a los desafíos que surgen en el transcurso de la historia. Y esto lo ha hecho particularmente de cara a los problemas planteados en el contexto de la «cuestión obrera», especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Lo subrayo hoy pues precisamente en este día, 14 de septiembre, cae el vigésimo quinto aniversario de la publicación de la encíclica «Laborem exercens», con la que el gran Papa Juan Pablo II presentó el trabajo como «una dimensión fundamental de la existencia del ser humano en la tierra» (n. 4) y recordó a todos que «el primer fundamento del valor del trabajo es el mismo hombre» (n.6). El trabajo, por tanto, según él escribía, «es un bien del hombre», pues «mediante el trabajo no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre» (n.9). Basándose en esta intuición de fondo, el Papa presentaba en la encíclica algunas orientaciones que siguen siendo actuales también hoy. Quisiera recomendar ese texto, de valor profético, a los ciudadanos de mi Patria con la certeza de que de su aplicación concreta pueden derivarse grandes ventajas para la actual situación social de Alemania.
Y ahora, al despedirme de mi querida Patria, encomiendo el presente y el futuro de Baviera y de Alemania a la intercesión de todos los santos que han vivido en el territorio alemán sirviendo fielmente a Cristo y experimentando en su existencia la vedad de esas palabras que han acompañado, como un leitmotiv las diferentes etapas de mi visita: «Quien cree nunca está solo». Esto es lo que experimentó seguramente el autor del himno nacional del pueblo bávaro. Con sus palabras, que son también una oración, quiero pronunciar mi mejor auspicio para mi Patria: «¡Que Dios esté contigo, país de los bávaros, tierra alemana, patria! Que sobre tus amplios territorios tu mano derrame bendiciones. Que proteja tus campos y los edificios de tus ciudades y guarde para ti los colores de su cielo blanco y azul!”
A todos os digo de corazón: «Auf Wiedersehen» (¡Hasta la vista!).
[Traducción del original alemán realizada por Zenit
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
September 14, 2006 at 10:19 PM | Permalink
Una nueva relación entre fe y razón para permitir el diálogo entre culturas y religiones
RATISBONA, miércoles, 13 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este martes en la tarde en el encuentro que mantuvo con representantes alemanes del mundo de la ciencia en Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, de la que había sido catedrático y vicerrector. El Papa se ha reservado la posibilidad de publicar en un segundo momento una versión de este texto definitiva con notas al pie de página. Por este motivo se trata de una redacción provisional. El Santo Padre ha dado por título a esta conferencia: «Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones».
¡Ilustres señores, gentiles señoras!
Para mí es un momento emocionante estar nuevamente en la cátedra de la universidad y poder impartir una vez más una lección. Mi pensamiento vuelve a aquellos años en los que, tras un hermoso periodo en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad de profesor académico en la Universidad de Bonn. En el año 1959 se vivían todavía los viejos tiempos de la universidad en que había profesores ordinarios. Para las cátedras individuales no existían ni asistentes ni dactilógrafos, pero en compensación se daba un contacto muy directo con los estudiantes y sobre todo entre los profesores.
Se daban encuentros antes y después de las lecciones en los cuartos de los docentes. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y también entre las dos facultades teológicas eran muy cercanos. Una vez al semestre había un «dies academicus», en el que los profesores de todas las facultades se presentaban delante de los estudiantes de toda la universidad, haciendo posible una verdadera experiencia de «universitas» --algo a lo que también ha aludido usted, señor rector, hace poco--: el hecho que nosotros, a pesar de todas las especializaciones, que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones --estando así juntos también en la común responsabilidad por el recto uso de la razón--, hacía que se tratase de una experiencia viva. La universidad, sin duda, estaba orgullosa también de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionalidad de la fe, desarrollan un trabajo que necesariamente forma parte del «todo» de la «universitas scientiarum», aunque no todos podían compartir la fe, por cuya correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón tampoco quedó perturbada cuando se supo que uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad era una convicción indiscutida el hecho de que incluso frente a un escepticismo así de radical seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición de la fe cristiana.
Me acordé de todo esto cuando recientemente leí la parte editada por el profesor Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el invierno del 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el mismo emperador quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402, este diálogo. De este modo se explica el que sus razonamientos son reportados con mucho más detalle que las respuestas del erudito persa. El diálogo afronta el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la relación entre las «tres Leyes» o tres órdenes de vida: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, Corán. Quisiera tocar en esta conferencia un solo argumento --más que nada marginal en la estructura del diálogo-- que, en el contexto del tema «fe y razón» me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.
En el séptimo coloquio (controversia) editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la «yihad» (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de la fe». Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», de manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».
La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador, como buen bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien revela que Ibh Hazn llega a decir que Dios no estaría condicionado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar incluso la idolatría.
Aquí se abre, en la comprensión de Dios y por lo tanto en la realización concreta de la religión, un dilema que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o es válido siempre por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda concordancia entre aquello que es griego en el mejor sentido y aquello que es fe en Dios sobre el fundamento de la Biblia. Modificando el primer verso del Libro del Génesis, Juan comenzó el «Prólogo» de su Evangelio con las palabras: «Al principio era el logos». Es justamente esta palabra la que usa el emperador: Dios actúa con «logos». «Logos» significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero, como razón. Con esto, Juan nos ha entregado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra en la que todas las vías frecuentemente fatigosas y tortuosas de la fe bíblica alcanzan su meta, encontrando su síntesis. En principio era el «logos», y el «logos» es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de San Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y escuchó su súplica: «¡Ven a Macedonia y ayúdanos!» (Cf. Hechos 16, 6-10), puede ser interpretada como una «condensación» de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y la filosofía griega.
En realidad, este acercamiento ya había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios de la zarza ardiente, que separa a Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, afirmando solamente su ser, es, confrontándose con el mito, una respuesta con la que está en íntima analogía el intento de Sócrates de vencer y superar al mito mismo. El proceso iniciado hacia la zarza alcanza, dentro del Antiguo Testamento, una nueva madurez durante el exilio, donde el Dios de Israel, entonces privado de la Tierra y del culto, se presenta como el Dios del cielo y de la tierra, con una simple fórmula que prolonga las palabras de la zarza: «Yo soy». Con este nuevo conocimiento de Dios va al mismo paso una especie de ilustración, que se expresa drásticamente en la mofa de las divinidades que no son más que obra de las manos del hombre (Cf. Salmo 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía interiormente al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después se dio especialmente en la tardía literatura sapiencial. Hoy nosotros sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento, realizada en Alejandría --la Biblia de los «Setenta»--, es más que una simple traducción del texto hebreo (que hay que evaluar quizá de manera poco positiva): es de por sí un testimonio textual, y un paso específico e importante de la historia de la Revelación, en el cual se ha dado este encuentro que tuvo un significado decisivo para el nacimiento del cristianismo y su divulgación. En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente desde la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, desde la naturaleza del pensamiento helenístico fusionado ya con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con el "logos"» es contrario a la naturaleza de Dios.
Honestamente es necesario anotar, que en el tardío Medioevo, se han desarrollado en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraposición al así llamado intelectualismo agustiniano y tomista, con Juan Duns Escoto comenzó un planteamiento voluntarista, que al final llevó a la afirmación de que sólo conoceremos de Dios la «voluntas ordinata».
Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual Él habría podido crear y hacer también lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que, sin lugar a dudas, pueden acercarse a aquellas de Ibn Hazn y podrían llevar hasta la imagen de un Dios-Árbitro, que no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien dejan de ser un espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inalcanzables y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraposicio´n, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente las desemejanzas son infinitamente más grandes que las semejanzas --como dice el Concilio Lateranense IV en 1215--, pero que no por ello se llegan a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho que lo alejemos en un voluntarismo puro e impenetrable, sino que el Dios verdaderamente divino es ese Dios que se ha mostrado como el «logos» y como «logos» ha actuado y actúa lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor «sobre pasa» el conocimiento y es por esto capaz de percibir más que el simple pensamiento (Cf. Efesios 3,19); sin embargo, el amor del Dios-Logos concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón, como añade san Pablo es «lógico» (Cf. Romanos 12, 1).
Ese acercamiento recíproco interior, que se ha dado entre la fe bíblica y el interrogarse a nivel filosófico del pensamiento griego, es un dato de importancia decisiva no sólo desde el punto de visa de la historia de las religiones, sino también desde el de la historia universal, un dato que nos afecta también hoy. Considerado este encuentro, no es sorprendente que el cristianismo, no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya encontrado su huella históricamente decisiva en Europa. Podemos expresarlo también al contrario: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, ha creado Europa y permanece como fundamento de aquello que, con razón, se puede llamar Europa.
A la tesis, según la cual, el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana, se le opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, pretensión que desde el inicio de la edad moderna domina de manera creciente en la investigación teológica. Si se analiza con más detalle, se pueden observar tres oleadas en el programa de la deshelenización: si bien están relacionadas entre sí, en sus motivaciones y en sus objetivos, son claramente distintas la una de la otra.
La deshelenización se da primero en el contexto de los postulados fundamentales de la Reforma del siglo XVI. Considerando la tradición de las escuelas teológicas, los reformadores se veían ante a una sistematización de la fe condicionada totalmente por la filosofía, es decir, ante un condicionamiento de la fe desde el exterior, en virtud de una manera de ser que no derivaba de ella. De este modo, la fe ya no parecía como una palabra histórica viviente, sino como un elemento integrado en la estructura de un sistema filosófico.
La «sola Scriptura», en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal y como está presente originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto derivado de otra fuente, de la que tiene que liberarse la fe para hacer que vuelva a ser ella misma. Kant siguió este programa con una radicalidad que los reformadores no podían prever. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso al todo de la realidad.
La teología liberal de los siglos XIX y XX acompaña la segunda etapa del proceso de deshelenización, con Adolf von Harnack, como su máximo representante. Cuando era estudiante y en mis primeros años como docente, este programa influenciaba mucho incluso a la teología católica. Tomó como punto de partida la distinción que Pascal hace entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de referirme a este asunto. No repetiré aquí lo que dije en aquella ocasión, pero me gustaría describir, al menos brevemente, lo que era nuevo en este proceso de deshelenización. La idea central de Harnack era volver simplemente al hombre Jesús y a su mensaje esencial, sin los añadidos de la teología e incluso de la helenización: Este mensaje esencial era visto como la culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Se decía que Jesús puso punto final al culto sustituyéndolo por la moral. En definitiva, se le presentaba como padre de un mensaje moral humanitario.
La meta fundamental era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, es decir, liberarle de los elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como la fe en la divinidad de Cristo y en Dios uno y trino. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento restauró el lugar de la teología en la universidad: Para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y por lo tanto estrictamente científico. Lo que se puede decir críticamente de Jesús, es por así decir, expresión de la razón práctica y consecuentemente se puede aplicar a la Universidad en su conjunto.
En el trasfondo se da la autolimitación moderna de la razón, expresada clásicamente en las «críticas» de Kant, que mientras tanto fue radicalizándose ulteriormente por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno se basa, por decirlo brevemente, en la síntesis entre el platonismo (cartesianismo) y el empirismo, una síntesis confirmada por el éxito de la tecnología. Por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo funciona la materia funciona como es posible usarla eficazmente: esta premisa básica es, por así decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la naturaleza. Por otro lado, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, y en ese caso sólo la posibilidad de la verificación o falsificación a través de la experimentación puede llevar a la certeza final. El peso entre los dos polos puede, dependiendo de las circunstancias, cambiar de un lado al otro. Un pensador tan positivista como J. Monod declaró que era un convencido platónico.
Esto permite que emerjan dos principios que son cruciales para el asunto al que hemos llegado. Primero, sólo la certeza que resulta de la sinergia entre matemática y empirismo puede ser considerada como científica. Lo que quiere ser científico tiene que confrontarse con este criterio. De este modo, las ciencias humanas, como la historia, psicología, sociología y filosofía, trataron de acercarse a este canon científico. Para nuestra reflexión, es importante constatar que el método como tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema acientífico o precientífico. Pero así nos encontramos ante la reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que necesita ser cuestionada.
Volveré a tocar el problema después. Por el momento basta tener en cuenta que cualquier intento de la teología por mantener desde este punto de vista un carácter de disciplina «científica» no dejaría del cristianismo más que un miserable fragmento. Pero tenemos que decir más: si la ciencia en su conjunto no es más que esto, el hombre acabaría quedando reducido. De hecho, los interrogantes propiamente humanos, es decir, «de dónde» y «hacia dónde», los interrogantes de la religión y la ética no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que ser colocados en el ámbito de lo subjetivo. El sujeto decide entonces, basándose en su experiencia, lo que considera que es materia de la religión, y la «conciencia» subjetiva se convierte en el único árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y la ética ya no interesan. Intentos de construir la ética a partir de las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo simplemente inadecuados.
Antes de esgrimir las conclusiones a las que todo esto lleva, tengo que referirme brevemente a la tercera etapa de deshelenización, que aún está dándose. A la luz de nuestra experiencia con el pluralismo cultural, con frecuencia se dice en nuestros días que la síntesis con el Helenismo lograda por la Iglesia en sus inicios fue una inculturación preliminar que no debe ser vinculante para otras culturas. Esto se dice para tener el derecho a volver al simple mensaje del Nuevo Testamento anterior a la inculturación, para inculturarlo nuevamente en sus medios particulares. Esta tesis no es falsa, pero es burda e imprecisa. El Nuevo Testamento fue escrito en griego y trae consigo el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente hay elementos en la proceso formativo de la Iglesia antigua que no deben integrarse en todas las culturas, Sin embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son desarrollos consecuentes con la naturaleza misma de la fe.
Y así llego a la conclusión. Este intento, hecho con unas pocas pinceladas, de crítica de la razón moderna a partir de su interior, no significa que hay que regresar a antes de la Ilustración, rechazando las convicciones de la era moderna. Los aspectos positivos de la modernidad deben ser conocidos sin reservas: estamos todos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto para la humanidad y para su progreso que se nos ha dado. La ética científica, además, debe ser obediente a la verdad, y, como tal, lleva una actitud que se refleja en los principios del cristianismo. Mi intención no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Sólo lo lograremos si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes. En este sentido la teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no sólo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe.
Sólo así podemos lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. En el mundo occidental se sostiene ampliamente que sólo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas. Al mismo tiempo, como he tratado de demostrar, la razón científica moderna con sus elementos intrínsecamente platónicos genera una pregunta que va más allá de sí misma, de sus posibilidades y de su metodología.
La razón científica moderna tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el que se basa su metodología. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: a la filosofía y la teología. Para la filosofía y, si bien es cierto que de otra forma, para la teología, escuchar a las grandes experiencias y perspectivas de las tradiciones religiosas de la humanidad, de manera particular las de la fe cristiana, es fuente de conocimiento; ignorarla sería una grave limitación para nuestra escucha y respuesta. Aquí recuerdo algo que Sócrates le dijo a Fedón. En conversaciones anteriores, se habían vertido muchas opiniones filosóficas falsas, y por eso Sócrates dice: «Sería más fácilmente comprensible si a alguien le molestaran tanto todas estas falsas nociones que por el resto de su vida desdeñara y se burlara de toda conversación sobre el ser, pero de esta forma estaría privado de la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida».
Occidente ha estado en peligro durante mucho tiempo a causa de esta aversión, en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto sólo puede sufrir grandemente. Hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza: este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. «No actuar razonablemente (con «logos») es contrario a la naturaleza de Dios» dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de Dios, en respuesta a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran «logos», esta amplitud de la razón. Es la gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente.
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«Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones»
September 14, 2006 at 10:18 PM | Permalink
En la catedral de Ratisbona
RATISBONA, miércoles, 13 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este martes en la tarde al participar en la celebración ecuménica de las Vísperas en la catedral de Ratisbona. En el encuentro participaron representantes de las diferentes iglesias y comunidades eclesiales de Baviera, en particular, representantes de la Iglesia luterana y ortodoxa de Baviera.
* * *
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Nos hemos reunido aquí --cristianos ortodoxos, católicos y protestantes-- para cantar juntos una alabanza vespertina a Dios. En el corazón de esta liturgia están los salmos, en los que la Antigua y la Nueva Alianza se unen y nuestra oración se une a la del Israel creyente que vive en la esperanza. Esta es una hora de gratitud porque podemos rezar juntos y, de esta manera, dirigirnos al Señor, al mismo tiempo que crecemos en unidad entre nosotros.
Entre quienes nos hemos reunido para las Vísperas de esta tarde, me gustaría saludar afectuosamente a los representantes de la Iglesia Ortodoxa. Siempre he considerado un don especial de la Divina Providencia que, como profesor en Bonn, pude conocer y amar a la Iglesia Ortodoxa, de manera personal, a través de dos jóvenes archimandritas: Stylianos Harkianakis y Damaskinos Papandreou, quienes después se convirtieron en metropolitanos. En Ratisbona, gracias a la iniciativa de monseñor Graber, se dieron algunos encuentros: durante el simposio de la «Spindlhof» y con la beca de los estudiantes que han estudiado aquí. Me alegra reconocer algunas caras familiares y renovar amistades tempranas. En algunos días, en Belgrado, se reanudará el diálogo teológico con el tema fundamental de la «koinonía» en los dos aspectos que la Primera Carta de Juan nos indica al principio del primer capítulo. Nuestra «koinonía» es sobretodo comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo; es la comunión con el Dios uno y trino, hecha posible por el Señor a través de su encarnación y la efusión del Espíritu. Esta comunión con Dios crea a su vez «koinonía» entre las personas, como participación en la fe de los Apóstoles, y por ello como comunión en la fe –una comunión que se «hace carne» en la Eucaristía y, trascendiendo todo límite, construye la Iglesia una (1 Juan 1,3). Espero y rezo para que estas discusiones sean fructíferas y para que la comunión con el Dios viviente que nos une, como nuestra propia comunión en la fe transmitida por los Apóstoles, crezca en profundidad y madurez hacia la total unidad, por la que el mundo pueda reconocer que Jesucristo es verdaderamente el Enviado de Dios, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo (Juan 17, 21) «Para que el mundo crea», debemos ser uno: la seriedad de este mandamiento debe animar nuestro diálogo.
Saludo también calurosamente a nuestros amigos de las diferentes tradiciones que proceden de la Reforma. Me vienen muchos recuerdos a la memoria: recuerdo a los amigos del círculo Jäger-Stählin, ya fallecidos, y estos recuerdos se mezclan con gratitud por nuestras presentes reuniones. Obviamente, pienso particularmente en los exigentes esfuerzos para alcanzar el consenso en la justificación. Recuerdo todas las etapas en este proceso, hasta la memorable reunión con el entonces Obispo Hanselmann aquí en Ratisbona, reunión que contribuyó decisivamente a llegar a la conclusión. Estoy muy complacido al ver que en el transcurso de este tiempo, el Consejo Metodista Mundial se ha adherido a la Declaración. El acuerdo sobre la justificación permanece como una importante tarea, aún por ser cumplida en su totalidad: en teología la justificación es un tema esencial, pero en la vida de los creyentes hoy en día --me parece-- está apenas presente. Debido a los dramáticos eventos de nuestro tiempo, el perdón mutuo se experimenta con creciente urgencia, sin embargo hay poca percepción de nuestra necesidad fundamental del perdón de Dios, de nuestra justificación por Él. Nuestra conciencia moderna, por lo general no es consciente del hecho de que somos deudores ante Dios y que el pecado es una realidad que sólo puede ser vencida por iniciativa de Dios. Tras este debilitamiento del tema de la justificación y del perdón de los pecados está en último término el debilitamiento de nuestra relación con Dios. En este sentido, nuestra primera tarea consiste tal vez en redescubrir de una nueva manera al Dios vivo presente en nuestras vidas.
Escuchemos lo que San Juan nos decía hace unos momentos en la lectura bíblica. Me gustaría destacar tres afirmaciones presentes en este complejo como rico texto. El tema central de toda la carta aparece en el versículo 15: «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios habita en él, y él en Dios». Una vez más Juan expresa nuevamente, como hiciera en los versículos 2 y 3 del capítulo 4, la profesión de fe, la «confessio», que en último término nos distingue como cristianos: fe en el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios que se ha hecho carne. «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado», así leemos al final del prólogo del cuarto evangelio (Jn 1,18).
Sabemos quién es Dios por medio de Jesucristo, el único que es Dios. Por medio de Él entramos en contacto con Dios. En este tiempo de encuentros interreligiosos somos fácilmente tentados a atenuar de alguna forma esa confesión central o inclusive a ocultarla. Pero de este modo no prestamos un servicio al encuentro o al diálogo. Sólo hacemos que Dios sea menos accesible a los demás y a nosotros mismos. Es importante que dialoguemos no sólo sobre fragmentos, sino sobre la plena imagen de Dios. Para lograrlo nuestra comunión personal con Cristo y nuestro amor por Él debe crecer y profundizarse. En esta confesión común, y en esta tarea común, no hay división entre nosotros. Y rezamos para que este fundamento común se fortalezca aún más.
Y así llegamos al segundo punto que me gustaría considerar. Se encuentra en el versículo 14, donde leemos: Y hemos visto y damos testimonio que el Padre envió a su Hijo como el Salvador del mundo». La palabra central en esta oración es damos testimonio, somos testimonios. La confesión tiene que convertirse en testigo. La raíz griega «martyr» nos hace pensar que un testigo de Cristo debe afirmar con la totalidad de su existencia, en la vida y en la muerte, el testimonio que da. El autor de la carta dice de sí mismo: «Hemos visto» (1,1). Porque ha visto puede dar testimonio. Esto presupone que también nosotros --las generaciones posteriores-- seamos capaces de ver y de dar testimonio como personas que han visto. ¡Pidamos al Señor que podamos ver! ¡Ayudémonos los unos a los otros a desarrollar esta capacidad, para que así podamos ayudar a ver a las personas de nuestro tiempo, para que ellos a su vez, por medio del mundo forjado por ellos mismos, descubran a Dios! A través de todas las barreras históricas que puedan percibir nuevamente a Jesús, el Hijo enviado por Dios, en quien vemos al Padre.
En el versículo 9 está escrito que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para que tengamos vida. ¿No es el caso hoy en día que sólo a través de un encuentro con Jesucristo la vida se puede tornar verdaderamente vida? Ser testigo de Jesucristo significa por encima de todo dar testimonio de un determinado modo de vida. En un mundo lleno de confusión debemos nuevamente dar testimonio de los criterios que tornan la vida verdaderamente vida. Esta importante tarea, común a todos los cristianos, debe ser encarada con determinación. Es responsabilidad de los cristianos, hoy, hacer visibles los criterios que indican una vida justa, iluminadas para nosotros en Jesucristo. Él ha asumido en su vida todas las palabras de la Escritura: «Escuchadle» (Marcos 9,7).
Y así llegamos a la tercera palabra de nuestro texto (1 Juan 4,9), que me gustaría destacar: «ágape», amor. Esta es la palabra clave de toda la carta y particularmente del trecho que hemos escuchado. «Ágape» no significa algo sentimental o algo grandioso; es algo totalmente sobrio y realista. Traté de explicar algo de esto en mi encíclica «Deus caritas est». «Ágape» (Amor) es en verdad la síntesis de la Ley y los Profetas. En el amor todo «queda envuelto», pero este todo debe ser cotidianamente «desarrollado». En el versículo 16 de nuestro texto encontramos la maravillosa frase: «Conocemos y creemos el amor que Dios nos tiene». ¡Sí, podemos creer en el amor! ¡Demos testimonio de nuestra fe de modo tal que brille y aparezca como el poder del amor, «para que el mundo crea» (Juan 17,21). ¡Amén!
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September 14, 2006 at 10:17 PM | Permalink
MUNICH, domingo, 10 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este sábado durante la ceremonia de bienvenida que tuvo lugar en el aeropuerto internacional de Munich en la que participaron, entre otros, el presidente de la República Federal de Alemania, Horst Köhler, la canciller federal Angela Merkel, el ministro presidente de Baviera, Edmund Stoiber, el arzobispo de Munich y Freising, el cardenal Friedrich Wetter, y el presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, el cardenal Karl Lehmann.
* * *
Señor presidente de la República,
señora canciller y señor ministro presidente,
señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado,
queridos compatriotas:
Con profunda emoción piso por primera vez después de mi elevación a la cátedra de Pedro tierra alemana bávara. Vuelvo a mi Patria, entre mi gente, con el programa de visitar algunos lugares que han tenido una importancia fundamental en mi vida. Le doy las gracias, señor presidente de la República, por la cordial bienvenida que me ha ofrecido. En sus palabras he percibido el eco fiel de los sentimientos de todo nuestro pueblo. Doy las gracias a la señora canciller, la doctora Angela Merkel, y al señor ministro presidente, el doctor Edmund Stoiber, por la gentileza con la que han querido honrar mi llegada a la tierra alemana y bávara. Mi saludo agradecido se extiende, además, a los miembros del Gobierno, a las personalidades eclesiásticas, civiles y militares aquí reunidas, así como a todos los que han querido estar presentes para acogerme en esta visita que para mí es tan importante.
En mi espíritu se agolpan en este momento muchos recuerdos de los años pasados en Munich y en Ratisbona: son recuerdos de personas y vicisitudes que han dejado en mí una huella profunda. Consciente de todo lo que he recibido, he venido aquí ante todo para expresar el profundo reconocimiento que experimento hacia todos los que han contribuido a formar mi personalidad en las décadas de mi vida. Pero estoy aquí también como sucesor del apóstol Pedro para reafirmar y confirmar los profundos lazos que existen entre la Sede de Roma y la Iglesia en nuestra Patria.
Son lazos que tienen una historia de siglos, alimentada por la firme adhesión a los valores de la fe cristiana, una adhesión de la que pueden enorgullecerse en particular las regiones bávaras. Lo testimonian monumentos famosos, majestuosas catedrales, estatuas y pinturas de gran valor artístico, obras literarias, iniciativas culturales y sobre todo muchas vicisitudes de personas y comunidades en las que se reflejan las convicciones cristianas de las generaciones que se han sucedido en esta tierra a la que yo tanto quiero. Las relaciones de Baviera con la Santa Sede, si bien han tenido momentos de tensión, siempre se han caracterizado por la respetuosa cordialidad. Además, en las horas decisivas de la historia, el pueblo bávaro siempre ha confirmado su profunda devoción a la cátedra de Pedro y el firme apego a la fe católica. La «Mariensäule» [la columna de María, ndr.], que se eleva en la plaza central de nuestra capital, Munich, es un testimonio elocuente.
El contexto social actual bajo muchos aspectos es diferente del pasado. Sin embargo, creo que todos estamos unidos por la esperanza de que las futuras generaciones permanezcan fieles al patrimonio espiritual que ha resistido a través de todas las crisis de la historia. Mi visita a la tierra que me vio nacer quiere ser también un aliento en este sentido: Baviera es una parte de Alemania, ha pertenecido a la historia de Alemania con sus altos y bajos, y tiene razones puede estar orgullosa de las tradiciones heredadas del pasado. Mi deseo es que todos mis compatriotas en Baviera y en toda Alemania participen activamente en la transmisión a los ciudadanos del mañana de los valores fundamentales de la fe cristiana, que sostiene a todos y no divide, sino que abre y acerca a las personas pertenecientes a pueblos, culturas y religiones diferentes. Con mucho gusto habría ampliado mi visita también a otras partes de Alemania hasta llegar a las diferentes Iglesias locales, en particular a aquéllas con las que me unen recuerdos personales. He recibido muchos signos de afecto de todas las partes y especialmente de las diócesis bávaras en este inicio de pontificado y en el transcurso de todos estos años. Esto me da fuerza día tras día. Por este motivo deseo aprovechar esta ocasión para expresaros a todos mi profunda gratitud. También he podido leer y seguir lo que se ha hecho en estas semanas y en estos meses: todos los que han contribuido con todas sus fuerzas para que sea una estupenda visita. Y ahora damos gracias al Señor que nos da también un bello cielo bávaro, pues esto no lo podíamos controlar. ¡Gracias! Que Dios os devuelva todo lo que se ha hecho --tendré oportunidades para volver ha decirlo en otras ocasiones-- para garantizar un desarrollo sereno de esta visita y de estos días.
Además de saludaros a vosotros, queridos compatriotas, veo ante mí las etapas de mi camino, desde Marktl y Tittmoning hastra Aschau, Traunstein, Ratisbona, y Munich. Junto a vosotros quiero dirigir mi saludo con gran afecto a todos los habitantes de Baviera y de toda Alemania: no sólo pienso en los fieles católicos, a quienes se dirige en primer lugar mi visita, sino también a los que adhieren a otras iglesias y comunidades eclesiales, en particular, a los cristianos evangélicos y ortodoxos. Usted, querido señor presidente de la República, con sus palabras, ha interpretado los pensamientos de mi corazón: si bien quinientos años no se pueden eliminar simplemente con una disposición burocrática o con un discurso inteligente, nos comprometeremos con el corazón y con la razón a converger mutuamente.
Saludo, por último, a los seguidores de otras religiones y a todas las personas de buena voluntad que están preocupadas por la paz y la serenidad del país y del mundo. Que el Señor bendiga los esfuerzos de todos por la edificación de un futuro de auténtico bienestar y basado en esa justicia que crea la paz. Encomiendo estos deseos a la Virgen María, venerada en nuestra tierra con el título de «Patrona Bavariae». Lo hago con las clásicas palabras de Jakob Balde, escritas a los pies de la «Mariensäule»: «Rem regem regimen regionem religionem conserva Bavaris, Virgo Patrona, tuis!» - ¡Conserva a tus bávaros, Virgen patrona, los bienes, la autoridad política, la tierra, la religión!
A todos los presentes un cordial «Grüß Gott».
[Traducción del original alemán realizada por Zenit
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September 10, 2006 at 11:12 PM | Permalink
MUNICH, domingo, 10 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo con motivo del Ángelus al concluir la celebración de la misa en la «Neue Messe» (Nueva Feria) de Munich.
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Queridos hermanos y hermanas:
Antes de concluir con la bendición solemne nuestra celebración eucarística, queremos recogernos espiritualmente para rezar el Ángelus. Reflexionando en las lecturas de la misa, nos hemos dado cuenta de cómo es necesario --tanto para la vida de cada persona como para la convivencia serena y pacífica entre los hombres-- ver a Dios como centro de la realidad y como centro de nuestra vida personal. El ejemplo por excelencia de una actitud así es María, la Madre del Señor. Ella, durante toda su vida terrena, fue la Mujer de la escucha, la Virgen con el corazón abierto hacia Dios y hacia los hombres. Los fieles comprendieron esto desde los primeros siglos del cristianismo y, por este motivo, en cada una de sus necesidades y tribulaciones, se dirigieron a ella con confianza, invocando su ayuda e intercesión ante Dios.
Lo testimonian aquí, en nuestra tierra bávara, centenares de iglesias y de santuarios que se le han dedicado a ella. Son lugares en los que confluyen todo el año innumerables peregrinos para encomendarse al amor maternal y cariñoso de María. Aquí, en Munich, en el centro de la ciudad, se eleva la «Mariensäule», ante la que Baviera fue encomendada solemnemente a la protección de la Madre de Dios hace precisamente 390 años, y donde también yo imploré ayer de nuevo la bendición de la «Patrona Bavariae» para la ciudad y el país.
¿Y cómo no pensar particularmente en el santuario de Altötting, adonde mañana iré en peregrinación? Allí tendré la alegría de inaugurar la nueva Capilla de la Adoración, que precisamente en ese lugar es un signo elocuente del papel de María: es la sierva del Señor que nunca se pone en el centro a sí misma, sino que quiere guiarnos hacia Dios, quiere enseñarnos un estilo de vida en el que Dios es reconocido como centro de la realidad y de nuestra vida personal. A ella dirigimos nuestra oración.
[Traducción del original alemán realizada por la Santa Sede
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September 10, 2006 at 11:11 PM | Permalink
Jesús, después de mirar al cielo pidiendo ayuda a su Padre, tocó los oídos y la lengua de aquel sordomudo: “Effetá”, “ábrete”. Con esto, devolvió a aquel hombre el habla: es decir, le hizo posible una vida humana, aquello para lo que fue creado el hombre en el Paraíso. Pues, a diferencia de los animales, Adán tenía la palabra, con la que podía escuchar al hermano y comunicarle cuanto tenía dentro y así hacer que naciera el amor. “Todo lo ha hecho bien”, dice la gente; lo mismo que exclamó Dios después de la creación: “Todo era muy bueno”.
Más difícil es lo que hace Jesús a continuación: pidió a aquel hombre que no dijera nada. Primero le cura la mudez; luego le prohíbe hablar. Si no quería que hablase, ¿no sería mejor haberle dejado mudo?
Para entender lo que hace Jesús hay que mirar a la meta de su camino. Él no quiere que la gente, deslumbrada por sus milagros, le proclame rey. Sabe que va hacia Jerusalén: allí abrazará la cruz y morirá por nosotros. Ha curado a aquel hombre para que pueda hablar. Pero le pide que guarde un tiempo de silencio, hasta que entienda bien el camino del amor, que pasa por el sufrimiento y la renuncia de sí.
A nosotros nos ocurre lo mismo cuando se trata de amar a Dios y a los hermanos. Al descubrir al amor se nos abre un horizonte nuevo: en el cariño por nuestra familia o en una experiencia grande del amor de Dios. Nos pasa como si Dios nos dijera: “effetá”, “ábrete”. Pero entonces el Señor añade: ahora tienes todavía que aprender el lenguaje del amor verdadero.
Puede pasarnos lo que cuenta la segunda lectura. Estamos en la iglesia y viene un hombre pobre: lo despreciamos; se acerca un rico: le damos puesto de honor. No hemos sabido descubrir lo que importa de verdad, hemos escuchado solo el ruido de la calderilla que suena. Lo mismo nos pasa cuando se trata del amor. Hay día en que estar con nuestra esposo o hijos nos despierta grandes sentimientos de paz: ese día les acogemos con buenas palabras. Otro día no suena la calderilla del sentimiento: y les despreciamos con malos modos. Lo mismo te pasa en tu relación con Dios. Te crees que el cielo se ha abierto, que ya has entendido a Jesús, solo porque has sentido su presencia en tu vida. Pero para abrirte a Él verdaderamente tienes que caminar hacia Jerusalén y entender cómo Dios está también presente en la sequedad y el silencio.
Mirando a Jesús podemos entender hoy dos formas de aprender el lenguaje del amor. Cuando mira al cielo antes de curar al sordomudo, Jesús nos enseña que el amor viene de arriba, del Padre. La primera palabra que el amor pronuncia es “gracias”. Entendemos también que el amor pasa por la cruz donde Jesús va a morir por todos; y, por eso, pide tu arrepentimiento. La segunda palabra del amor es “perdón”.
Solo cuando hemos dicho muchas veces perdón y gracias, sabemos que nuestro amor ha ido creciendo, se ha hecho más fuerte. ¿Cúantas veces suenan estas palabras en tu familia? Cada vez que las pronunciamos, nuestras miradas, nuestro afecto, será más verdadero, expresará mejor la verdad de nuestro corazón. Y se cumplirá plenamente la palabra de Jesús: Effetá, ábrete.
Fr. José Granados
September 10, 2006 at 11:10 PM | Permalink
Intervención en la audiencia general del miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 6 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles, celebrada en la plaza de San Pedro, dedicada a presentar la figura del apóstol Felipe.
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Queridos hermanos y hermanas:
Al seguir trazando el semblante de los diferentes apóstoles, como hacemos desde unas semanas, nos encontramos hoy con Felipe. En las listas de los doce siempre aparece en el quinto lugar (en Mateo 10, 3; Marcos 3, 18; Lucas 6, 14; Hechos 1, 13), es decir, fundamentalmente entre los primeros. Si bien Felipe era de origen judío, su nombre es griego, como el de Andrés, lo que constituye un pequeño gesto de apertura cultural que no hay que infravalorar. Las noticias que nos llegan de él proceden del Evangelio de Juan. Era del mismo lugar del que procedían Pedro y Andrés, es decir, Betsaida (Cf. Juan 1, 44), una pequeña ciudad que pertenecía a la tetrarquía de uno de los hijos de Herodes el Grande, quien también se llamaba Felipe (Cf. Lucas 3, 1).
El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Juan 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael --«¿De Nazaret puede haber cosa buena?»--, Felipe no se rinde y responde con decisión: «Ven y lo verás» (Juan, 1, 46). Con esta respuesta, seca pero clara, Felipe demuestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga la experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a Él para preguntarle dónde vive: Jesús respondió: «Venid y lo veréis» (Cf. Juan 1,38-39).
Podemos pensar que Felipe nos interpela con esos dos verbos que suponen una participación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: «Ven y lo verás». El apóstol nos compromete a conocer a Jesús de cerca. De hecho, la amistad, conocer verdaderamente al otro, requiere cercanía, es más, en parte vive de ella. De hecho, no hay que olvidar que, según escribe Marcos, Jesús escogió a los doce con el objetivo primario de que «estuvieran con él» (Marcos 3, 14), es decir, de que compartieran su vida y aprendieran directamente de Él no sólo el estilo de su comportamiento, sino ante todo quién era Él realmente. Sólo así, participando en su vida, podían conocerle y anunciarle. Más tarde, en la carta de Pablo a los Efesios, puede leerse que lo importante es «el Cristo que vosotros habéis aprendido» (4, 20), es decir, lo importante no es sólo ni sobre todo escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerle a Él personalmente, es decir, su humanidad y divinidad, el misterio de su belleza. Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo, es más, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerle si estamos lejos de Él? La intimidad, la familiaridad, la costumbre, nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a «venir» y a «ver», es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta y de comunión de vida con Jesús, día tras día.
Con motivo de la multiplicación de los panes, recibió de Jesús una petición precisa, bastante sorprendente: dónde era posible comprar el pan que se necesitaba para dar de comer a toda la gente que le seguía (Cf. Juan 6, 5). Entonces, Felipe respondió con mucho realismo: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco» (Juan 6, 7). Aquí se pueden ver el realismo y el espíritu práctico del apóstol, que sabe juzgar las implicancias de una situación. Sabemos qué es lo que pasó después. Sabemos que Jesús tomó los panes, y tras haber rezado, los distribuyó. De este modo, realizó la multiplicación de los panes. Pero es interesante el hecho de que Jesús se dirigiera precisamente a Felipe para tener una primera impresión sobre la solución del problema: signo evidente de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.
En otro momento, muy importante para la historia futura, antes de la Pasión, algunos griegos se encontraban en Jerusalén con motivo de la Pascua, «se dirigieron a Felipe… y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús» (Juan 12, 20-22). Una vez más nos encontramos ante el indicio de su prestigio particular dentro del colegio apostólico. En este caso, en particular, realiza las funciones de intermediario entre la petición de algunos griegos --probablemente hablaba griego y pudo hacer de intérprete-- y Jesús; si bien se une a Andrés, el otro apóstol de nombre griego, de todos modos los extranjeros se dirigen a él. Esto nos enseña a estar también nosotros dispuestos tanto a acoger las peticiones e invocaciones, vengan de donde vengan, como a orientarlas hacia el Señor, pues sólo él puede satisfacerlas plenamente. Es importante, de hecho, saber que no somos nosotros los destinatarios últimos de las peticiones de quien se nos acerca, sino el Señor: tenemos que orientar hacia Él a quien se encuentre en dificultad. ¡Cada uno de nosotros tiene que ser un camino abierto hacia Él!
Hay otra oportunidad sumamente particular en la que interviene Felipe. Durante la Última Cena, después de que Jesús afirmase que conocerle a Él significa también conocer al Padre (Cf. Juan 14,7), Felipe, casi ingenuamente, le pidió: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Juan 14, 8). Jesús le respondió con un tono de benévolo reproche: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? […] Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Juan 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del Evangelio de Juan. Contienen una auténtica revelación. Al final del «Prólogo» de su Evangelio, Juan afirma: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Juan 1, 18). Pues bien, esa declaración, que es del evangelista, es retomada y confirmada por el mismo Jesús. Pero con un detalle. De hecho, mientras el «Prólogo» de Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe, Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que sólo se le puede comprender a través de lo que dice, es más, a través de lo que es Él. Para darnos a entender, utilizando la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente a partir de ahora, si realmente queremos conocer el rostro de Dios, ¡sólo nos queda contemplar el rostro de Jesús! ¡En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios!
El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores («Hechos de Felipe» y otros), nuestro apóstol habría evangelizado en un primer momento Grecia y después Frigia y allí habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que algunos mencionan como crucifixión y otros lapidación.
Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en Él al mismo Dios, Padre celestial. Si falta este compromiso, nos encontraremos sólo con nosotros mismos, como en un espejo, ¡y cada vez nos quedaremos más solos! Felipe nos invita en cambio a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con Él y a compartir esta compañía indispensable. De este modo, viendo, encontrando a Dios, podemos encontrar la verdadera vida.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En inglés, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
El apóstol Felipe, natural de Betsaida como Pedro y Andrés, nos manifiesta las características del verdadero testimonio cuando, en su diálogo con Natanael, no sólo le habla de Cristo, sino que le invita a conocerlo de cerca. En efecto, sólo podremos descubrir la identidad de Jesús en una relación de amistad con Él. En otras ocasiones podemos ver cómo Felipe gozaba de un cierto prestigio dentro del colegio apostólico. Así, con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús se dirige precisamente a este Apóstol, para tener una primera indicación sobre cómo resolver aquella necesidad. También, antes de la Pasión, algunos griegos se acercaron a Felipe porque querían ver a Jesús. Esto nos enseña a estar siempre dispuestos a acoger a los demás con sus inquietudes y a orientarlos hacia el Señor, el único que pude satisfacerlas en plenitud. En la última Cena, una pregunta de Felipe dio ocasión a Jesús para hacer una importante revelación sobre su persona, afirmando que: «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Es decir, de ahora en adelante, si de verdad queremos conocer el rostro de Dios, no tenemos más que contemplar el rostro de Jesús.
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los de Logroño, con el Señor Cardenal Eduardo Martínez Somalo; a la peregrinación diocesana de Huelva y a los diversos grupos parroquiales de España. Saludo también a los peregrinos de Colombia, Chile y de otros Países Latinoamericanos. Os animo, como el apóstol Felipe, a dejaros conquistar por el Señor, invitando también a otros a participar de su vida y de su amor. ¡Que Dios os bendiga!
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
September 06, 2006 at 11:39 PM | Permalink
Alocución con motivo del Ángelus
CASTEL GANDOLFO, domingo, 3 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención pronunciada este domingo a mediodía por Benedicto XVI con motivo de la oración mariana del Ángelus, que presidió en la residencia pontificia de Castel Gandolfo.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
El calendario romano recuerda hoy, 3 de septiembre, a san Gregorio Magno, Papa y doctor de la Iglesia (en torno al año 540-604). Su singular figura, diría casi única, es un ejemplo que hay que presentar tanto a los pastores de la Iglesia como a los administradores públicos: de hecho, primero fue prefecto y después obispo de Roma.
Como funcionario imperial se distinguió por su capacidad administrativa y por su integridad moral, hasta el punto de que, con sólo 30 años, desempeñó el máximo cargo civil de «prefecto de la urbe» «Praefectus Urbis».
Mientras tanto, en su interior, maduraba la vocación a la vida monástica, que abrazó en el año 574, cuando falleció su padre. La Regla benedictina se convirtió a partir de entonces en el fundamento de su existencia. Incluso cuando fue enviado por el Papa como su representante ante el emperador de Oriente, mantuvo un estilo de vida monástico, sencillo y pobre.
Al ser llamado de nuevo a Roma, si bien vivía en el monasterio, fue cercano colaborador del Papa Pelagio II y, cuando murió éste, víctima de una epidemia de peste, Gregorio fue aclamado por todos como su sucesor.
Trató con todos los medios de evitar el nombramiento, pero al final tuvo que rendirse y, dejando a su pesar el claustro, se dedicó a la comunidad, consciente de que estaba desempeñando un deber y de que era un simple «siervo de los siervos de Dios».
«No es verdaderamente humilde --escribe-- quien comprende que tiene que ser guía de los demás por decreto de la voluntad divina y, sin embargo, desprecia esta preeminencia. Si por el contrario se somete a las divinas disposiciones y no tiene el vicio de la obstinación y está preparado con esos dones con los que puede beneficiar a los demás, cuando se le impone la máxima dignidad del gobierno de las almas, con el corazón tiene que huir de ella, pero contra su querer, tiene que obedecer» («Regla pastoral, I, 6).
Estas palabras son como un diálogo consigo mismo. Con profética amplitud de miras, Gregorio intuyó que estaba naciendo una nueva civilización con el encuentro entre la herencia romana y los pueblos llamados «bárbaros», gracias a la fuerza de cohesión y de elevación moral del cristianismo. El monaquismo se convertía en una riqueza no sólo para la Iglesia, sino para toda la sociedad.
De salud frágil, pero de fuerte talla moral, san Gregorio Magno desempeñó una intensa acción pastoral y civil. Dejó un amplísimo epistolario, admirables homilías, un famoso comentario al Libro de Job y los escritos sobre la vida de san Benito, así como numerosos textos litúrgicos, célebres a causa de la reforma del canto, que por su nombre fue llamado «gregoriano».
Pero su obra más famosa es, sin duda, la «Regla pastoral», que tuvo para el clero la misma importancia que tuvo la Regla de san Benito para los monjes de la Edad Media. La vida del pastor de almas tiene que ser una síntesis equilibrada entre contemplación y acción, animada por el amor que «alcanza cumbres elevadísimas cuando se inclina con misericordia ante los males profundos de los demás. La capacidad de inclinarse ante la miseria de los demás es la medida de la fuerza de la entrega a los demás» (II, 5). En esta enseñanza, siempre actual, se inspiraron los padres del Concilio Vaticano para describir la imagen del pastor de nuestros tiempos.
Pidamos a la Virgen María que el ejemplo y la enseñanza de san Gregorio Magno sean seguidos por los pastores de la Iglesia y también por los responsables de las instituciones civiles.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Tras rezar el Ángelus, el Papa saludó en varios idiomas los peregrinos. En español, dijo: ]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española aquí presentes. Saludo también a quienes participan en esta oración mariana a través de la radio o la televisión. Pidamos a la Virgen María que nos ayude a descubrir siempre la sabiduría y la bondad contenidas en los mandamientos divinos, para cumplir como Ella en todo momento la amorosa voluntad de Dios. ¡Feliz Domingo!
September 03, 2006 at 10:11 PM | Permalink