November 09, 2006

Benedicto XVI: Jesucristo, centro de la vida de san Pablo

Intervención durante la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 8 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles en la que continuó adentrándose en la personalidad del apóstol Pablo. En esta ocasión analizó «La centralidad de Jesucristo».

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Queridos hermanos:

En la catequesis precedente, hace quince días, traté de trazar las líneas esenciales de la biografía del apóstol Pablo. Hemos visto cómo el encuentro con Cristo en la carretera de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de quinientas veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por tanto, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra misma vida. En realidad, Jesucristo es el ápice de la historia de la salvación y por tanto el verdadero punto discriminante en el diálogo con las demás religiones.

Al ver el ejemplo de Pablo, podremos formular así el interrogante de fondo: ¿cómo tiene lugar el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva del mismo? La respuesta que ofrece Pablo puede ser comprendida en dos momentos.

En primer lugar, Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la Carta a los Romanos escribe: «Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» (3, 28). Y en la Carta a los Gálatas: «el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado» (2,16). «Ser justificados» significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios, y entrar en comunión con Él, y por tanto poder establecer una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto en virtud de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino de la pura gracia de Dios: «Somos justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Romanos 3, 24).

Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, la nueva dirección que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios ni de su Ley. Por el contrario, era un observante, con una observancia que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo se había buscado hacerse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: «la vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 20).

Pablo, por tanto, ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no se busca ni se hace a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos ha dado el Señor, que nos da la fe. ¡Ante la cruz de Cristo, expresión máxima se su entrega, ya no hay nadie que pueda gloriarse de sí, de su propia justicia! En otra ocasión, Pablo, haciendo eco a Jeremías, aclara su pensamiento: «El que se gloríe, gloríese en el Señor» (1 Corintios 1, 31; Jeremías 9,22s); o también: «En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gálatas 6,14).

Al reflexionar sobre lo que quiere decir no justificarse por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su propia vida. Identidad cristiana que se compone precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, y de este modo participar personalmente en la vida del mismo Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida.

Pablo lo escribe en la Carta a los Romanos: «Fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte… Fuimos con él sepultados… somos una misma cosa con él… Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6, 3.4.5.11). Precisamente esta última expresión es sintomática: para Pablo, de hecho, no es suficiente decir que los cristianos son bautizados, creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos «están en Cristo Jesús» (Cf. también Romanos 8,1.2.39; 12,5; 16,3.7.10; 1 Corintios 1, 2.3, etcétera).

En otras ocasiones invierte los términos y escribe que «Cristo está en nosotros/vosotros» (Romanos 8,10; 2 Corintios 13,5) o «en mí» (Gálatas 2,20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de Pablo, completa su reflexión sobre la fe. La fe, de hecho, si bien nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y Él. Pero, según Pablo, la vida del cristiano tiene también un elemento que podríamos llamar «místico», pues comporta ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el apóstol llega a calificar nuestros sufrimientos como los «sufrimientos de Cristo en nosotros» (2 Corintios 1, 5), de manera que «llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Corintios 4,10).

Todo esto tenemos que aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de Pablo que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, es más, de adoración y de alabanza en relación con Él. De hecho, lo que somos como cristianos sólo se lo debemos a Él y a su gracia. Dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario por tanto que a nada ni a nadie rindamos el homenaje que le rendimos a Él. Ningún ídolo tiene que contaminar nuestro universo espiritual, de lo contrario en vez de gozar de la libertad alcanzada volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que «estamos en Él» tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

En definitiva, tenemos que exclamar con san Pablo: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie «podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8,39). Nuestra vida cristiana, por tanto, se basa en la roca más estable y segura que puede imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el apóstol: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fi1ipenses 4,13).

Afrontemos por tanto nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, apoyados por estos grandes sentimientos que Pablo nos ofrece. Haciendo esta experiencia, podemos comprender que es verdad lo que el mismo apóstol escribe: «yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día», es decir, hasta el día definitivo (2 Timoteo 1,12) de nuestro encuentro con Cristo, juez, salvador del mundo y nuestro.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en español:]

Queridos hermanos y hermanas:
Después de haberse encontrado con Cristo en el camino de Damasco, Él fue para Pablo el centro de toda su vida y de su actividad apostólica. El Apóstol se percató de la importancia insustituible de la fe, es decir, que nadie puede alcanzar la salvación por los propios medios, sino sólo por la gracia de Dios que nos llega mediante la redención de Jesucristo. Éste es nuestro punto de apoyo vital, que no pretende reivindicar nada a Dios, sino esperar todo de Él. Otro aspecto importante de la fe es que, para el cristiano, no basta ser creyente o bautizado, sino que comporta estar "en Cristo Jesús". Se trata de una mutua compenetración con Él, que lleva a vivir en la propia carne su vida, su muerte y resurrección. Esta experiencia esencial nos invita a ser humildes ante Dios, a alabarlo por la gracia insondable que nos ha dado, a la vez que nos infunde inmensa alegría y confianza, pues, como dice el Apóstol, "todo lo puedo en aquél que me conforta" (Flp 4, 13).

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Siervas de María Ministras de los Enfermos, al grupo de la Fundación Casa Museu, de Mallorca, España, y a la "Scuola Italiana" de Chile, así como a los demás participantes de España, México y otros países latinoamericanos.

Muchas gracias por vuestra atención.

[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

November 05, 2006

Benedicto XVI: Cristo libera del miedo a la muerte

Intervención en el Ángelus dominical

CIUDAD VATICANO, domingo, 5 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI al rezar la oración mariana del Ángelus este domingo junto a varios miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

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Queridos hermanos y hermanas:

En estos días que siguen a la conmemoración litúrgica de los fieles difuntos se celebra en muchas parroquias la octava de los difuntos; ocasión propicia para recordar con la oración a nuestros seres queridos y meditar sobre la realidad de la muerte, que la «civilización del bienestar» trata de remover con frecuencia de la conciencia de la gente, sumergida en las preocupaciones de la vida cotidiana.

Morir, en realidad, forma parte de la vida y no sólo de su final, sino también, si prestamos atención, de todo instante. A pesar de todas las distracciones, la pérdida de un ser querido nos hace descubrir el «problema», haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra natural vocación a la vida y a la felicidad.

Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobretodo afrontando Él mismo a la muerte. «Muriendo destruyó la muerte», dice la liturgia del tiempo pascual. «Con el Espíritu que no podía morir --escribe un padre de la Iglesia-- Cristo venció a la muerte que mataba al hombre» (Melitón de Sardes, «Sobre la Pascua», 66). El Hijo de Dios quiso de este modo compartir hasta el fondo nuestra condición humana para abrirla a la esperanza. En última instancia, nació para poder morir y de este modo liberarnos de la esclavitud de la muerte. La Carta a los Hebreos dice: «padeció la muerte para bien de todos» (2, 9).

A partir de entonces, la muerte ya no es la misma: ha quedado privada por decirlo de algún modo de su «veneno». El amor de Dios, actuando en Jesús, ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y de este modo ha transformado también la muerte. Si en Cristo la vida humana es un paso «de este mundo al Padre» (Juan 13, 1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso tiene lugar de manera concreta y definitiva.

Quien se compromete a vivir como Él queda liberado del miedo de la muerte, dejando de mostrar la sonrisa sarcástica de una enemiga para ofrecer el rostro amigo de una «hermana», como escribe san Francisco en el Cántico de las Criaturas. De este modo, también se puede bendecir a Dios por ella: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal». No hay que tener miedo de la muerte del cuerpo, nos recuerda la fe, pues es un sueño del que nos despertaremos un día.

La auténtica muerte, de la que hay que tener miedo, es la del alma, llamada por el Apocalipsis «segunda muerte» (Cf. 20,14-15; 21,8). De hecho, quien muere en pecado mortal, sin arrepentimiento, cerrado en el orgulloso rechazo del amor de Dios, se autoexcluye del reino de la vida.

Por intercesión de María santísima y de san José pidamos al Señor la gracia de prepararnos serenamente para dejar este mundo, cuando Él quiera llamarnos, con la esperanza de poder permanecer eternamente con Él, en compañía de los santos y de nuestros queridos difuntos.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano, dijo:]

Sigo con profunda preocupación las noticias sobre el grave deterioro de la situación en la franja de Gaza y deseo expresar mi cercanía a las poblaciones civiles que sufren las consecuencias de la violencia. Os pido que os unáis a mi oración para que Dios omnipotente y misericordioso ilumine a las autoridades israelíes y palestinas, así como a esas naciones que tienen una particular responsabilidad en la región, para que se empeñen en hacer cesar el derramamiento de sangre, en multiplicar las iniciativas de socorro humanitario, y en favorecer la reanudación inmediata de una negociación directa, seria y concreta.

[En español, dijo:]

Doy mi cordial bienvenida a los participantes de lengua española en esta oración del Ángelus, en particular al grupo de la Parroquia de San Andrés y San Antonio, de Mazarrón. La reciente Conmemoración de todos los fieles Difuntos nos recuerda que Cristo es la resurrección y la vida. Por ello pensamos con cariño en los seres queridos que fallecieron, oramos por ellos y vivimos con esperanza y sin temor a nuestro futuro. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

Amar a Dios con todo nuestro tiempo

No basta con amar a Dios. La Biblia nos dice: tiene que ser con todo el corazón, el alma, las fuerzas. Como Dios es infinito y la fuente de todo amor, solo quien le ama así le ama de verdad.

¿Es esto posible? Algunos de ustedes tal vez piensen que nuestro amor es bien poca cosa para un Dios tan grande. Querríamos encender una hoguera que alumbrara todo el mundo, pero solo conseguimos juntar cuatro troncos y hacer un fuego que tiembla en el viento de Otoño.

De esto trata la segunda lectura de hoy, que se refiere a los sacrificios del Antiguo Testamento. Sacrificio significa hacer algo sagrado, presentarlo a Dios. Por eso el verdadero sacrificio es hacerlo todo por amor a Dios. El sacerdote del Antiguo Testamento recordaba a los fieles la presencia del Señor en su vida y les permitía ponerle en el centro de todos los amores. Pero debido a la debilidad humana los sacerdotes tenían que repetir continuamente su intercesión, de año en año; su amor a Dios era débil y solo podía durar si se renovaba continuamente.

Podemos así aprender un camino para aumentar nuestro amor. Si no podemos hacer una hoguera gigante, al menos encendamos una llama perpetua, como la que hay en la tumba del presidente Kennedy. Será pequeña en tamaño, pero infinita en el tiempo, porque abrazará toda nuestra vida. A Dios no se le puede amar solo por media hora o durante nuestros ratos de entusiasmo: el verdadero amor a Dios es el amor fiel, que hace propósito de continuar para siempre a su lado. Con todas tus fuerzas, también con todo tu tiempo, levantándote cuando caigas. Como la catedral de Liverpool, que se levantó penique a penique, con las pequeñas aportaciones de los feligreses humildes, levantaremos un gran templo para el Señor.

Hemos dicho que con eso nuestro amor se hace infinito, porque dura siempre. ¿Pero no es verdad que nosotros también pasamos? El Antiguo Testamento nos recuerda una forma de conseguir que nuestro amor siga propagándose e iluminando el mundo: “Enseña estas palabras a tus hijos y a los hijos de tus hijos”. La educación, vivir en familia el amor a Dios, grabarlo con nuestras palabras y ejemplo en el corazón de nuestros hijos, es una forma de amar a Dios con todo el corazón y el alma. La llama de nuestro amor puede ser pequeña, puede que el viento la haga temblar y tengamos que avivarla. Pero si hemos conseguido pasarla a nuestros hijos, seguirá encendida brillando para Dios.

Pero nos queda aún lo más importante: la buena noticia de Jesús. La segunda lectura dice: Él tiene el sacerdocio que no pasa y vive para siempre para interceder a favor nuestro. Los otros sacerdotes lograban sacrificios pequeños: su amor era débil; su fuego, poco estable. A Jesús le basta un único sacrificio, el de la Cruz, el de cada misa, para dar fuerza total a nuestro amor. Imaginen ustedes que hubiera un espejo gigante que abrazase el cielo entero y que pudiéramos poner ese espejo encima de nuestra pequeña hoguera. Nuestro fuego, por débil que fuera, se vería en todos los lugares del mundo. Así pasa con quien se acerca a la Eucaristía y deja que Cristo transforme la pequeñez de su amor.

Fr. José Granados

October 30, 2006

Caminar sobre tierra firme

La vida es un camino. Lo decían ya nuestros antiguos: “Todos cuantos vivimos y sobre pies andamos -aunque acaso en prisión o en un lecho yazgamos- todos somos romeros que en un camino andamos”. Todos somos romeros, caminantes, peregrinos. Basta que pensemos en un día cualquiera de nuestra vida. Desde que la mañana a la noche todo son carreras, idas y venidas de aquí para allá, prisas.

Es bueno, por eso, que nos preguntemos: ¿llevan a alguna parte nuestros caminos? Les cuento una historia breve que ilustrar el asunto. Caminaba un hombre por los hielos de la Antártida. Mirando a su brújula se aseguró bien de que tomaba rumbo norte, y estuvo corriendo todo el día. Al anochecer volvió a comprobar su posición, atendiendo a las estrellas. Para su sorpresa vio que estaba más al sur que el día anterior. ¿Cómo era posible? ¿No se había asegurado de que su rumbo no se desviara un ápice del norte? Lo que el hombre no sabía es que el hielo sobre el que viajaba se había desprendido del continente y era arrastrado por las aguas hacia el sur, convertido en un gigante iceberg. Por mucho que él corriera hacia el norte, el bloque le llevaba consigo, en dirección contraria a donde quería.

Caminamos nosotros también, nos esforzamos por correr tras nuestra felicidad. ¿Hemos comprobado que estamos en tierra firme? ¿No estaremos moviéndonos sobre un gran bloque que se desplaza sobre las aguas del mar, de aquí para allá, sin rumbo fijo?

El evangelio de hoy nos enseña precisamente a caminar en firme. Un ciego está sentado al borde del camino. No tiene luz para moverse. Pero sí un oído atento, que le permite escuchar que Jesús pasa. Grita entonces: “ten piedad de mí”. Muchas veces a nosotros nos falta la luz para el camino. En vez de correr y agitarnos, sería bueno aprender a ser pacientes. Tenemos defectos, cegueras, debilidad. Si creemos que Jesús se acerca, entonces con nuestra paciencia estamos caminando hacia Él. A lo mejor dices: no me muevo, las cosas no mejoran, ¿para qué seguir confiando en Dios? No te das cuenta: Él viene hacia ti. Aunque parezca que tú no das pasos, tu paciencia te hace estar cada día más cerca de la salvación. Si te mueves, si te agitas, si te preocupas en vano, te acabarás alejando de Jesús.

Jesús entonces llama a Bartimeo. Es el momento de caminar despacio, porque no hay todavía luz. Otros tienen que guiarle, que tomarle de la mano. ¿Sabemos caminar de esta forma? ¿Sabemos dejar que nos ayuden en el camino? ¿O queremos ser siempre nosotros los que vean y decidan la ruta que han de seguir?

Por fin Bartimeo, por obra de Jesús, recobró la vista. Y el evangelio concluye diciéndonos que el ciego “seguía a Jesús por el camino”. Hay momentos de la vida en que el Señor nos abre los ojos, nos da luz para caminar. Podemos ahora seguirle. El Señor nos ha sacado de ese bloque de hielo que se movía a la deriva y nos ha puesto en tierra firme. Acercarse a Jesús en la oración, en la Eucaristía, verle para poder tener su luz y alcanzar a seguirle: es un buen truco para encontrar el verdadero camino, el camino por el que merece la pena correr y saltar, porque cada pequeño paso nos acerca a la meta.

Fr. José Granados

Benedicto XVI: Por el Bautismo, «poseemos una connatural vocación misionera»

Intervención del Papa al introducir el rezo del Ángelus

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 29 octubre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo, desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante decenas de miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, antes de rezar la oración mariana del Ángelus.

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Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo (Mc 10,46-52) leemos que, mientras el Señor pasa por las calles de Jericó, un ciego de nombre Bartimeo se dirige hacia Él gritando fuertemente: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Este ruego conmueve el corazón de Cristo, quien se detiene, le hace llamar y le cura. El momento decisivo fue el encuentro personal, directo, entre el Señor y aquel hombre que sufría. Se hallan el uno frente al otro: Dios con su voluntad de sanar y el hombre con su deseo de ser sanado. Dos libertades, dos voluntades convergentes: «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta el Señor. «¡Que vea!», responde el ciego. «Vete, tu fe te ha salvado». Con estas palabras se realiza el milagro. Gozo de Dios, gozo del hombre. Y Bartimeo, que había recuperado la vista –relata el Evangelio-, «le seguía por el camino»: o sea, se convierte en un discípulo suyo y sube con el Maestro a Jerusalén para participar con Él en el gran misterio de la salvación. Este relato, en lo esencial de sus pasajes, evoca el itinerario del catecúmeno hacia el sacramento del Bautismo, que en la Iglesia primitiva era llamado también «Iluminación».

La fe es un camino de iluminación: parte de la humildad de reconocerse necesitados de salvación y llega al encuentro personal con Cristo, quien llama a seguirle en el camino del amor. Sobre este modelo se han asentado en la Iglesia los itinerarios de iniciación cristiana, que preparan a los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. En los lugares de antigua evangelización, donde está difundido el Bautismo de los niños, se proponen a los jóvenes y a los adultos experiencias de catequesis y de espiritualidad que permiten recorrer un camino de redescubrimiento de la fe de forma madura y consciente, para asumir después un compromiso coherente de testimonio. ¡Qué importante es la labor que los Pastores y los catequistas llevan a cabo en este campo! El redescubrimiento del valor del propio Bautismo está en la base del compromiso misionero de todo cristiano, porque vemos en el Evangelio que quien se deja fascinar por Cristo no puede prescindir de testimoniar el gozo de seguir sus huellas. En este mes de octubre, especialmente dedicado a la misión, comprendemos más aún que, en virtud del Bautismo, poseemos una connatural vocación misionera.

Invocamos la intercesión de la Virgen María para que se multipliquen los misioneros del Evangelio. Íntimamente unido al Señor, que cada bautizado pueda oír que está llamado a anunciar a todos el amor de Dios, con el testimonio de la propia vida.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final del Ángelus, el Santo Padre saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes, así como a los que participan a través de los medios de comunicación en esta oración mariana. Que la fe del ciego Bartimeo, que narra el Evangelio de hoy, nos aliente a seguir decididamente a Jesucristo, nuestro Salvador, poniendo en Él toda nuestra confianza. ¡Feliz domingo!

[En húngaro dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos húngaros, especialmente a los profesores de la «Escuela Católica de Santa Úrsula» de Sopron. La educación de la juventud cristiana es una responsabilidad de gran relevancia moral. Por ello que vuestra vida en Jesús sea un ejemplo para las nuevas generaciones cristianas.

[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

October 26, 2006

Benedicto XVI presenta a Pablo de Tarso

En la audiencia general de este miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 25 octubre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles en la que presentó la figura de Pablo de Tarso.

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Queridos hermanos y hermanas:
Hemos concluido nuestras reflexiones sobre los doce apóstoles, llamados directamente por Jesús durante su vida terrena. Hoy comenzamos a acercarnos a las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos gastaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe Lucas en los Hechos de los Apóstoles, «han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26).

El primero de éstos, llamado por el mismo Señor, por el Resucitado, a ser también él auténtico apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera grandeza en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo le exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (Cf. «Panegírico» 7, 3). Dante Alighieri en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Cf 9, 15), le define simplemente como «vaso de elección» (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros le han llamado el «decimotercer apóstol» --y realmente él insiste mucho en el hecho de ser un auténtico apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado, o incluso «el primero después del Único». Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que más estamos informados. De hecho, no sólo contamos con la narración que hace de él Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también de un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que sin intermediarios nos revelan su personalidad y pensamiento. Lucas nos informa que su nombre original era Saulo (Cf. Hechos 7,58; 8,1 etc.), en hebreo Saúl (Cf. Hechos 9, 14.17; 22,7.13; 26,14), como el rey Saúl (Cf. Hechos 13,21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso se sitúa entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (Cf. Hechos 22,3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Hechos 18, 3), que más tarde le permitiría sustentarse personalmente sin ser de peso para las Iglesias (Cf. Hechos 20,34; 1 Corintios 4,12; 2 Corintios 12, 13-14).

Para él fue decisivo conocer la comunidad de quienes se profesaban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo «camino», como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía la remisión de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, es más escandaloso, y sintió el deber de perseguir a los seguidores de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue « alcanzado por Cristo Jesús» (Filipenses 3, 12). Mientras Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles --la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando fundamentalmente toda su vida-- en sus cartas él va directamente a lo esencial y habla no sólo de una visión (Cf. 1 Corintios 9,1), sino de una iluminación (Cf. 2 Corintios 4, 6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (Cf. Gálatas 1, 15-16). De hecho, se definirá explícitamente «apóstol por vocación» (Cf. Romanos 1, 1; 1 Corintios 1, 1) o «apóstol por voluntad de Dios» (2 Corintios 1, 1; Efesios 1,1; Colosenses 1, 1), como queriendo subrayar que su conversión no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones, sino el fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes constituía para él un valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (Cf. Filipenses 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Su existencia se convertirá en la de un apóstol que quiere «hacerse todo a todos» (1 Corintios 9,22) sin reservas.

De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, la comunión con Cristo y su Palabra. Bajo su luz, cualquier otro valor debe ser recuperado y purificado de posibles escorias. Otra lección fundamental dejada por Pablo es el horizonte espiritual que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema de la posibilidad para los gentiles, es decir, los paganos, de alcanzar a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente «buena noticia», es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que ésta es una realidad que no afectaba sólo a los judíos, a un cierto grupo de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos.

La Iglesia de Antioquia de Siria fue el punto de partida de sus viajes, donde por primera vez el Evangelio fue anunciado a los griegos y donde fue acuñado también el nombre de «cristianos» (Cf. Hechos 11, 20.26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí tomó rumbo en un primer momento hacia Chipre y después en diferentes ocasiones hacia regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia), y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más reveladoras fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar tampoco Berea, Atenas y Mileto.

En el apostolado de Pablo no faltaron dificultades, que él afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar «trabajos…, cárceles…, azotes; peligros de muerte, muchas veces…Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué… Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias» (2 Corintios 11,23-28). En un pasaje de la Carta a los Romanos (Cf. 15, 24.28) se refleja su propósito de llegar hasta España, hasta el confín de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un apóstol de esta talla? Está claro que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, y a veces tan desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que no podía haber límites. Para Pablo, esta razón, lo sabemos, es Jesucristo, de quien escribe: «El amor de Cristo nos apremia… murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Corintios 5,14-15), por nosotros, por todos.

De hecho, el apóstol ofrecerá su testimonio supremo con la sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. Clemente Romano, mi predecesor en esta sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: «Por celos y discordia, Pablo se vio obligado a mostrarnos cómo se consigue el premio de la paciencia… Después de haber predicado la justicia a todos en el mundo, y después de haber llegado hasta los últimos confines de Occidente, soportó el martirio ante los gobernantes; de este modo se fue de este mundo y alcanzó el lugar santo, convertido de este modo en el más grande modelo de perseverancia» (A los Corintios 5). Que el Señor nos ayude a vivir la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: «Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo» (1 Corintios 11, 1).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit
Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en español:]

Queridos hermanos y hermanas:
Con Pablo de Tarso iniciamos unas catequesis sobre otros personajes importantes de la Iglesia primitiva, que también dieron su vida por el Señor. Pablo estudió la ley mosaica en Jerusalén con el gran Rabino Gamaliel. Persiguió a los discípulos de Jesús, pues como judío celoso no aceptaba que tuvieran como núcleo de la nueva fe la persona de Cristo en lugar de la Ley de Dios. En el camino hacia Damasco, y tocado por la gracia divina, Saulo se convirtió poniendo a partir de entonces todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y del Evangelio. De Pablo aprendemos que la persona Jesús ha de ser el centro de la vida del cristiano. Así mismo tiempo, el Apóstol anuncia que en Cristo muerto y resucitado Dios ofrece la salvación a todos los hombres sin distinción. Partiendo de Antioquia, realizó varios viajes apostólicos, y en la carta a los Romanos expresa su deseo de llegar hasta España. En su apostolado afrontó con valentía muchas situaciones difíciles, hasta derramar su sangre aquí en Roma como supremo testimonio de amor a Cristo.

Me es grato saludar a los visitantes de lengua española, en particular a los sacerdotes latinoamericanos del curso de Espiritualidad y Animación Misionera, al grupo de Alianza de amor con el Sagrado Corazón de Jesús, a la peregrinación de la parroquia Santa Teresa del Niño Jesús, de Barcelona, y a la Adoración Nocturna de Villacarrillo, Jaén. Saludo también a los demás grupos parroquiales y asociaciones, así como a los peregrinos de México y del Perú. Os invito a seguir las enseñanzas de san Pablo: que el amor de Cristo nos impulse siempre a vivir no ya para nosotros mismos sino para Él que por nosotros murió y resucitó.

¡Que el Señor os bendiga a todos!

October 22, 2006

Como sirven los reyes

“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos”. También nosotros vivimos con personas a las que querríamos rescatar. La madre quiere rescatar a sus hijos, que se han alejado de la fe. La esposa quiere rescatar a su marido, que vive inmerso en el vicio. El hermano quiere rescatar a su hermano, que no encuentra un camino fijo en la vida. ¿Cómo rescatar a nuestros hermanos? Jesús nos muestra la vía del servicio: “El que quiera ser primero, que sea el servidor de todos”. Para salvarnos, Él se ha hecho pequeño, ha venido a servirnos.

Pero hay veces en que esto no parece bastar. Y es que hay personas que no quieren ser rescatadas, que no quieren abrir los ojos y desprecian todo servicio.

Cuentan la historia del conde Arnulfo, poderoso noble en tiempos del emperador Alejandro. El conde, hombre huraño y orgulloso, tenía la opinión de que, en el fondo, todos los hombres buscan el poder y dominio. Y que incluso aquellos que sirven a los demás están por dentro llenos de resentimiento: se someten por debilidad, porque les falta valor o fuerzas para rebelarse.

¿Y no nos pasa muchas veces que nuestro servicio es el de un esclavo? Hay padres que sirven a sus hijos buscando la recompensa de su cariño, y por eso no son libres para corregirles. O esposos que se sirven mutuamente pero buscan solo el favor del otro, y por eso no son capaces de hacerse respetar.

¿Tenía entonces razón el conde? Un día le llamó la atención un nuevo sirviente que atendía a su mesa, con el rostro cubierto. Estaba siempre disponible, obraba con humildad; pero sobre todo: había en él algo especial, aunque el conde no sabía muy bien qué era. Después de algunos días quiso averiguar la identidad del desconocido. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que aquel hombre era el mismo emperador. El conde dijo: “Ahora sé lo que había de extraño en tu forma de servir: tu sirves como un rey, no como un esclavo.” El conde cambió de vida al ver el ejemplo del rey: se dio cuenta de que era posible el verdadero servicio.

En nuestras familias estamos llamados a rescatarnos unos a otros. El camino de Jesús es el del servicio. Pero hay muchas formas de servir. Podemos servir como esclavos: por miedo, buscando solo el aprecio del otro. Pero si nos acercamos a Jesús, si descubrimos en Él el centro y la fuente de nuestra vida, entonces nos daremos cuenta de que somos los herederos del rey, amados por Dios como hijos suyos. Y serviremos como sirven los reyes.

Entonces nuestro servicio podrá rescatar a los hermanos. La madre podrá servir a sus hijos sin miedo a ser exigente y regañarles cuando lo necesitan. Los esposos podrán servirse y a la vez reclamar respeto. Podremos perdonar sin miedo a perder nada con nuestro perdón. Nuestro servicio no buscará recompensa, porque sabremos que Dios nos lo ha dado todo.

Fr. José Granados

Benedicto XVI explica el secreto del misionero: «Dios es amor»

Ángelus en el octogésimo Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND)

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 22 octubre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo desde la ventana de su estudio a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano con motivo de la oración mariana del Ángelus.

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Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy el octogésimo Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). Fue instituido por el Papa Pío XI, quien dio un fuerte impulso a las misiones «ad gentes», y en el Jubileo de 1925 promovió una grandiosa exposición convertida después en la actual Colección Etnológico-Misionera e los Museos Vaticanos. Este año, en el acostumbrado mensaje con motivo de esta jornada, he propuesto como tema «La caridad, alma de la misión». De hecho, la misión, si no es alentada por el amor, queda reducida a actividad filantrópica y social. Para los cristianos, sin embargo, tienen vigor las palabras del apóstol Pablo: «el amor de Cristo nos apremia» (2 Corintios 5, 14).

La caridad que movió al Padre a enviar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, esa misma caridad ha sido derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Cada bautizado, como sarmiento unido a la vida, puede cooperar en la misión de Jesús, que se resume así: llevar a toda persona la buena noticia: «Dios es amor» y, precisamente por este motivo, quiere salvar al mundo.

La misión surge del corazón: cuando uno se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en ese costado traspasado, no se puede dejar de experimentar dentro de uno mismo la alegría de experimentar que se es amado y el deseo de amar y de hacerse instrumento de la misericordia y la reconciliación. Es lo que le sucedió, hace precisamente ochocientos años, al joven Francisco de Asís, en la pequeña iglesia de San Damián, que entonces estaba derruida. Desde lo alto del Crucifijo, custodiado ahora en la Basílica de Santa Clara, Francisco escuchó a Jesús que le decía: «Vete, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas». Aquella «casa» era ante todo su misma vida, que había que «reparar» mediante una auténtica conversión; era la Iglesia, no la que está hecha de ladrillos, sino de personas vivas, que siempre necesita purificación; era también toda la humanidad, en la que Dios quiere hacer su morada. La misión siempre nace del corazón transformado por el amor de Dios, como lo testimonian innumerables historias de santos y de mártires, que de diferentes maneras han gastado la vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una cantera en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el Reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano el trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús Buen Pastor en el ministerio ordenado al Pueblo de Dios; para quien se va específicamente a anunciar a Cristo a quienes todavía no le conocen. Que María Santísima nos ayude a vivir con un nuevo empuje, cada quien en la situación en que le ha puesto la Providencia, la alegría y la valentía de la misión.

[Después del Ángelus, el Papa saludó en siete idiomas a los peregrinos. En italiano dijo:]

Con alegría envío un cordial saludo a los musulmanes de todo el mundo, que en estos días celebran el final del mes de ayuno del Ramadán. ¡A todos les deseo serenidad y paz!

Contrastan dramáticamente con este clima gozoso las noticias que proceden de Irak sobre la gravísima situación de inseguridad y sobre la cruel violencia a la que están expuestos muchísimos inocentes sólo por ser chiíes, suníes o cristianos.

Percibo la profunda preocupación que experimenta la comunidad cristiana y deseo asegurar que estoy cerca de ella, así como de todas las víctimas, y pido para todos fuerza y consuelo. Os invito, además, a uniros a mi súplica al Todopoderoso para que dé la fe y la valentía necesaria a los responsables religiosos y a los líderes políticos, locales y en todo el mundo, para apoyar a ese pueblo por el camino de la reconstrucción de la Patria, en la búsqueda de equilibrios compartidos, en el respeto recíproco, con la conciencia de que la multiplicidad de sus componentes es parte integrante de su riqueza.

[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, de modo especial a los peregrinos de la diócesis de Tegucigalpa, con su Obispo Auxiliar, así como a la Hermandad y fieles devotos del Señor de los Milagros. Que la intercesión de la Virgen María y el ejemplo de los apóstoles Pedro y Pablo os ayude a dejaros conquistar por el amor de Cristo, para vivir, como Él, totalmente entregados al servicio de los demás. ¡Feliz Domingo!

October 15, 2006

Benedicto XVI canoniza a cuatro santos

Lo dejaron todo para seguir a Cristo

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 15 octubre 2006 (ZENIT.org).- Los santos dejan todo para seguir a Jesús, explicó este domingo Benedicto XVI al proclamar la santidad de un obispo, un sacerdote, y de dos religiosas.

«Sus nombres serán recordados para siempre», dijo al presentarlos a la veneración de la Iglesia universal en la celebración que presidió en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Entre los nuevos santos se encuentra san Rafael Guízar Valencia, obispo mexicano de Veracruz (1878-1938), quien es ahora el primer obispo santo nacido en América Latina.

San Filippo Smaldone (1848-1923), por su parte, era un sacerdote de Nápoles, quien se caracterizaba por ser el apóstol de los sordomudos. Fundó la congregación de las Religiosas Salesianas de los Sagrados Corazones.

Rosa Venerini (1656-1728), originaria de Viterbo (Italia), también es santa a partir de este domingo. Creó la primera escuela pública femenina en Italia y fundó la congregación dedicada a la educación de las Maestras Pías Venerini.

Por último, ha sido canonizada Theodore Guérin (Anne-Thérèse), religiosa francesa (1798-1856), quien fundó en los Estados Unidos, país en el que falleció, la congregación de las Religiosas de la Providencia de Saint Mary of the Woods.

Estos cuatro santos han dejado una lección, constató el Papa en la homilía: «si el hombre pone su confianza en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida ni la auténtica alegría».

«Por el contrario --subrayó--, si, confiando en la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el Reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo».

«El santo es precisamente ese hombre, esa mujer que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo para seguirle», recordó.

«Las riquezas terrenas ocupan y preocupan la mente y el corazón --aclaró--. Jesús no dice que son malas, sino que nos alejan de Dios si no se “invierten”, por así decir, en el Reino de los cielos, si no se gastan para ayudar a quien está en la pobreza».

Theodore Guérin, una santa francesa al servicio de la educación en los Estados Unidos

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 15 octubre 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI canonizó este domingo a Theodore Guérin, religiosa francesa que vivió entre 1798 y 1856, quien en los Estados Unidos fundó la congregación de las Religiosas de la Providencia de Saint Mary of the Woods.

El Papa citó en la homilía una famosa expresión de la nueva santa poco antes de morir, al ver los numerosos orfanatos y escuelas que estas religiosas habían abierto en el Estado norteamericano de Indiana: «¡Cuánto bien han hecho las Hermanas de Saint Mary of the Woods! ¡Cuánto más serán capaces de hacer si permanecen fieles a su santa vocación!»

Al final de la canonización, al rezar el Ángelus, el Papa deseó en francés que santa Theodore aliente a «vivir la fe y a dar testimonio ante nuestros contemporáneos, prestando cada vez más atención a los pequeños y a los más abandonados de la sociedad».